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martes, 3 de febrero de 2009

Jesucristo Urbano

Jesucristo Urbano


En la vereda de enfrente,
en el rincón del mundo,
entre celestes azoteas
y oscuros sótanos,
me encuentro
cargando una cruz
a mis espaldas.
Fulano se burla de mí,
Mengano llora por mí,
Zutano me envidia
(esa es la hermana Humanidad).
No sé realmente quién soy,
de donde vengo y a dónde voy,
sólo sé que tengo un don
que es una maldición.
Es la marca de fuego,
el tatuaje que llevaré
durante todo el camino.
Recibo aplausos por mi valor
y lágrimas por mi suerte
mas también me dan escupitajos
por haberme sacado la mascara.
Son infinitos los espacios,
son eternos los tiempos
en los cuales seré y estaré.
Mejor tomar
un poco de sagrado pan
y una copa de santo vino
para seguir viaje.
Yo soy el que soy,
soy todos y soy nadie,
pero simplemente
y complejamente
soy yo.


Elio G.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Cerrado cerrado

Cerrado cerrado


Domingo de otoño.
Ayer fue un día de lluvia.
Mañana será el típico día feriado.

Todo esta cerrado.

Cerrada es la semana
con la muerte de siete días.
(en vez de escribir una sátira
debería grabar una elegía)

Cerrado está el libro de quejas;
sobre este suelo, ninguna objeción.
Aburrido estás, no blasfemes;
por ser hoy domingo, descansa Dios.

Cerrada está la boletería,
entra a ver la función.
Espero no hayas pagado un gran precio
porque te dormirás en el sillón.

Cerrado está el pueblo.
Abandonado. Aburrido. Desierto
Monótono. Silencioso. Solitario.
Cerrado. Aislado. No-abierto.

Cerrada es la ronda de quienes
bailan y cantan defectos ajenos.
Cuidado, no quedes en el medio:
te señalarán y cerrarán tu féretro.

Cerrada es la entrada a los de afuera,
Cerrada es la salida a los de adentro.
Ponte la máscara, sé otro cualquiera
y ve al carnaval de idiotas en el centro.

Cerrada es la costumbre del perro:
da tres vueltas y a dormir.
Allá afuera hay desolación,
Sueña otra tierra y serás feliz.

Cerrado está el pueblo.
Ovejas en un corral.
El infierno no es el destierro
cuando lo es el propio lugar.

Cerrada está la calle
como el sendero de un laberinto.
¡Huye!, hace poco te acusaron
y ya están dando su veredicto.

Cerrado pueblo del lejano Oeste,
barco fantasma que has de navegar,
no te puedes llamar “escoria”,
si la nada ocupa tu lugar.

“Cerrado” dice el garabato
en las vidrieras, en la mente y el corazón.
Cerrado está mi puño y golpeo.
Hasta nunca, pueblucho. Adiós.

Elio G.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Lo propio y lo ajeno

Lo propio y lo ajeno

Hagamos un trato
¿qué tal si yo cambiase
su vida por la mía?
¡Si le diera mi pellejo!...
sí, sí, esa piel
que tantas veces
me ha sacado
para vestirse de gala
frente a los demás.
¡Cuántas veces
me ha desollado vivo!

¿Qué tal si
ese maldito dedo
afilado y acusador
con que señala,
el gatillo asesino
que tantas vidas
ha suicidado,
lo tuviese yo?
¿qué tal si ahora
usted estuviese
en la palma de mi mano,
en la lengua de cada uno
y en la mira de todos?
¿Qué sentiría?

¿Qué disfraz sobrio
se pondría para
ocultar la absurda
y fatal realidad
de su “yo”, su vida
y su destino?
¿Podría llevar
una mascara hilarante
cuando el rostro
que esconde, llora?

¿Cómo estaría
si la gente huyera
de su presencia
como las sombras
huyen de la luz?
¿O si se acercara
a usted, zumbando
y acribillando,
como una horda
de moscas que ataca
a la criatura agonizante?

¡Si!, ¡a usted le hablo!
¡no se haga el distraído!
Usted, el husmeador,
el que se acomoda
los anteojos
sobre las narices
para fisgonear esto,
para escatimar aquello,
o la que pone las manos
sobre la escoba
para birliberlequear
con otras brujas.
O más aún,
aquellos que, no podridos
y aún verdes,
emplean su tiempo
desempleado
en gastar la lengua
y apuñalar por la espalda
¡Ay, pobre burlador
que, con tu misma burla,
eres neciamente burlado!

¿Qué tal si sufriera
en carne propia
lo que yo sufro?
¿Seguiría desgarrando
la carne ajena?

¡Seguramente!
A las hordas de salvajes
disfrazados con vano dinero
y modales asquerosos,
les fascina ver la sangre
de las víctimas laceradas
por sus filosas lenguas.
Con esa sangre se alimentan,
se bañan, se emborrachan,
celebran, hieren, matan.
Y después de tantos sacrificios
y que no haya a quien juzgar,
el último chusma frente al espejo
por su propio reflejo, humillado será.

¿Alguna vez salió de su pedestal
de acusador y acosador?
¿Alguna vez se puso en mi lugar?

Abra su cabeza y escuche:
no necesito su lástima,
tampoco su comprensión,
lo único que pido es que
me regale su indiferencia.

Elio G.

martes, 27 de mayo de 2008

Los Días más Felices de mi Vida


Los Días más Felices de mi Vida


Una vez viví en un paraíso,
en el verdadero Paraíso de mi vida.
Estaba solo en el mundo, nada me perturbaba.
No había nada de lo que hay ahora… preciado Nirvana.

Pero cuando murieron y renacieron
miles de soles y centenares de lunas…
un día, no recuerdo cual,
perdí a mi Gran Jardín por completo.

¿Mordí una extraña
manzana
o abrí la caja de
Pandora?
No sé si el mundo es
redondo o plano,
pero en ese momento
descubrí el mundo.

La Ciudad, gris, fría y lúgubre,
seria, correcta, social, moral y religiosa,
comenzó a invadir mi Edén;
caían los antiguos árboles,
morían los inocentes animales.
El arco iris de mi alegre Cielo
se convirtió en la triste y pesada cruz
donde descansaría.

Entonces, conocí a los constructores
de los muros de la soberbia Ciudad:
los correctos, ¡esos sí que son buenos!,
son el paradigma de habitantes:
nariz de cerdos intolerantes,
tienen el cuerpo de pavo real y alma de pavo,
y frentes tan anchas como un centavo.
eso sí, sus dedos índices son de acero
y los pies firmes como barro de estercolero.
Sus lenguas son espadas de gran filo,
tienen la pequeña boca de un cocodrilo.
Sus corazones son tan duros como un ladrillo
y sus cráneos, tan jueces como un martillo.

Ellos son los que llevan el disfraz de
padres,
maestros,
hermanos,
malos amigos,
sacerdotes,
ancianos…
Todos están perdidos en el inútil laberinto
que construyeron sus padres
y los padres de sus padres,
en sus mentes graves,
gravemente llenas,
gravemente llenas de nada

¡Aleluya!, ¡este es el pueblo elegido de Dios!.

Y comiendo del Árbol del Conocimiento
del Bien y del Mal de ellos,
perdí mi inefable paraíso;
y hoy cuando odio siento tristeza
y cuando amo siento culpa.
Antes era feliz con las pequeñas cosas,
con cosas cercanas, concretas, reales, posibles.
Hoy mis mil deseos son neciamente ambiciosos,
lejanos, abstractos, irreales, platónicos, imposibles.

¡Tan poco duró mi Paraíso!,
¡tan poco!...

Hoy me doy cuenta de todo lo que perdí,
de todo lo que había en mi interior…
Cuando la inocencia coronaba mi frente
y la pureza anidaba en mi corazón.
Cuando los duendes y las hadas de la fantasía
correteaban con mi alada Imaginación…
hoy los ángeles y los demonios de la moral
me dicen: “eso está bien, eso está mal”
Hoy me doy cuenta de todas las cosas que perdí
cuando los sueños de amor
no se desvanecían junto al horizonte.
Vivían en mí, conmigo,
no eran un espejismo en el desierto.

Jamás podré volver a verte,
Paraíso de mi infancia.
Jamás podré volver a vivir
los días más felices de mi vida.

Elio G.